En esta ciudad asturiana no fue necesaria revolución alguna para dar al traste con los órdenes jerárquicos. Desde hace siglos ya, y sin que por ello se pagase nunca ni una sola gota de sangre, el clasismo está por los suelos, arrastrándose a lo largo de una buena parte de su casco antiguo.
El motivo no era ornamental sino puramente funcional, aunque el resultado final alcanzase a tener -sin pretenderlo- cierto orden estético. Y es que antaño, en aquel entonces y hasta mucho tiempo después, la igualdad democratizadora que más tarde propugnarían las distintas revoluciones de los siglos XVIII y XIX, no alcanzaba ni a calzarnos: las clase pudientes -los señoritos- paseaban con zapatos más o menos elegantes y delicados a lo largo de la superficie lisa; mientras que los campesinos lo hacían, con sus zuecos de madera (madreñas), por encima del empedrado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Los comentarios son bienvenidos!