lunes, 21 de junio de 2010

Los Lunes de Aguas




Corría el año 1.543, Felipe II entraba en Salamanca en medio de una gran expectación popular; iba a desposarse con la princesa María de Portugal. A pesar de que apenas contaba con 16 años de edad, su educación religiosa y la austeridad de su carácter no debieron constituir gran ayuda a la hora de permitirle entender, mucho menos asimilar, que Salamanca no se detenía en ser el Templo de Saber, o la Luminaria de Cristianismo y Dogma que todos conocían.

Unas décadas antes y debido precisamente a la gran afluencia de gente joven a la ciudad, el infante Don Juan, hijo de los Reyes Católicos y Príncipe de Salamanca, había concedido la primera licencia de apertura de una casa de putas, en España. Se inauguraba la que rápidamente pasó a conocerse como “la Casa de la Mancebía”.

Y es que la Salamanca de aquellos años albergaba a más de ocho mil estudiantes*, entre becados, sopistas, señoritos de postín, etc... Alrededor de ellos giraba un complejo mundo de criados, mozos de cuadra, taberneros, prostitutas para todos los bolsillos y dones, curas corruptos, catedráticos rectos, visionarios u ocultistas, rameras con más bachillerías que los propios estudiantes, lavanderas, amas de llaves, buhoneros y feriantes.

La primera de las universidades "destos reynos" -la más antigua y rancia- es también el mayor burdel de Europa, la Gomorra occidental. Las Escuelas -Mayores ó Menores- los patios de lectura y bibliotecas, coexisten con tabernas insanas y lujuriosas, lupanares de toda índole, posibilitando toda suerte de atentados contra el sexto y demás mandamientos. Pícaros, incluseros, avispados Lazarillos, ciegos resabiados, alcahuetas y Celestinas poblaban unos arrabales que no tardaron en convertirse en el mejor decorado imaginable para el culto de tales géneros literarios.




Por estos motivos, por cuanto vio en sus días de permanencia en la ciudad charra, Felipe II -en su rectitud cuasi monacal y ante la perplejidad de tamaño espectáculo- promulga un edicto en el que ordena que durante los días de Cuaresma y Pasión la prohibición de comer carne se haga extensiva a todos los demás sentidos, y con el fin de evitar conductas mundanas, dicta que las mujeres de vida alegre sean expulsadas y conducidas extramuros, añadiendo que ninguna sea osada de acercarse a menos de una legua de los límites de la ciudad so pena de sufrir grandes castigos. 

Así, cada año, las meretrices de Salamanca comenzaron a abandonar la ciudad antes de la Cuaresma; desaparecían temporalmente, recogiéndose en algún lugar –en el barrio de Tejares- al otro lado del río. 

El que fuese también imperativo para estas mujeres de airadas enaguas, y por no ser confundidas con aquellas que las oxigenaban menos, el distinguirse vistiendo hábitos de color pardo y adornos de picos, fue origen de la expresión “ir de picos pardos” que empezó usándose con aquellos que, no pudiendo soportar tan dilatada abstinencia, optaban por el “tío, pásame el río”.

Acabada la Semana Santa, el lunes siguiente al de Pascua, las rameras regresaban a la ciudad, motivo por el que los estudiantes organizaban una grandísima fiesta -las calles se trocaban en torrentes de vino tinto- saliendo a la ribera del Tormes a recibirlas con gran júbilo, estrépito y alboroto. Ellos mismos se encargaban de cruzarlas, en barca, de una a la otra orilla. En medio de tal algarabía llegaba el descontrol, el éxtasis etílico, el desenfreno y la carnalidad, acometiendo allí mismo lo que sus instintos habían reprimido durante más de mes y medio y que la censura me impide pormenorizar. La gran orgía estudiantil culminaba en un remojón colectivo, con los asistentes al evento -putas y estudiantes- completamente ebrios. 

De conducir a las meretrices y pupilas, tanto a su exilio temporal como en su aclamado regreso, se encargaba un pintoresco personaje: un sacerdote picarón llamado Padre Lucas, y que por degeneración del término era conocido por los estudiantes con el sobrenombre de Padre Putas. Otra de sus misiones, más digna y sindical, fue la de velar por la supervivencia de estas trabajadoras, a todo lo largo de su impuesta huelga.

La fiesta del Lunes de Aguas debió de ser prohibida alguna vez, pero acabó volviendo para quedarse en el calendario festivo helmántico, aunque con otras connotaciones, no tan desenfadadas. La memoria colectiva del pueblo ha ido conservando la fecha, como poso o remanente de aquella en la que antaño afloraba tal fervor pagano. 
En la actualidad, el Lunes de Aguas se celebra en familia o en compañía de amistades que se reúnen para ir a merendar al campo, en un clima de ociosidad, esparcimiento y diversión, de clarísimo desahogo tras los estrictos ritos de recogimiento de la Semana Santa. Es costumbre durante ese día degustar el hornazo, una empanada de chorizo, lomo, etc... Lo amasan y cuecen las mujeres en las tahonas del medio rural; aunque su elaboración también se ha industrializado, en cierta medida, siendo posible adquirirlo hoy en cualquier pastelería.

* Sirva a modo de referencia el dato de que Madrid, por aquel entonces, apenas contaba con unos 11.000 habitantes...



1 comentario:

marybel alba dijo...

preciosao instruccion para todos aquellos que como yo ingnoramos las festividades de cada region ... hoy se que podre disfrutar de un lunes de aguas sabiendo lo que representaba !!! gracias y no solo es comer ranzo sino conmemorar lo que salamanca fue!!!!!!