viernes, 25 de junio de 2010

Rufo y Juana



Rufo Serrano Pondal, el tío Rufo ó también Rufo "el Capón" -apodo con el que le conocieron paisanos y contemporáneos- siempre presumió de haber nacido en el año 1.900, "con el siglo".

No sé nada de su infancia, aunque no preciso de grandes evidencias para especular que no debió de haber mucha miel sobre sus hojuelas de extremeño, en época demasiado convulsa para expresar otra cosa que no fuera el resignado descontento de los más desfavorecidos. 

Rufo conoció los estertores del absolutismo; la pérdida de las últimas colonias, el subsiguiente desencanto en el que sucumbió el país y del que probablemente -ahora- aún estemos recuperándonos; las primeras elecciones, la República, la victoria del Frente Popular y una posterior Guerra Civil que abocaría en la prolongada dictadura del General Franco; todo esto sin mencionar las dos guerras mundiales de las que hubo de oír -cuando menos- las campanadas, aunque acabaron desarrollándose demasiado lejos como para ser vividas de un modo evidente. 

Muy pronto fue llevado a engrosar las filas de un ejército regular destinado a combatir en Marruecos, experiencia de la que regresaría con una fotografía coloreada, luciendo sus mejores galas de soldado, y que presidió siempre el dormitorio conyugal; 4 orificios de bala que lucir y suficientes anécdotas con las que deleitar las veladas de sus nietos.
Tras un corto noviazgo desposó a Juana, "la Priora", una muchacha que habiendo sido primogénita de un ejército de huérfanos, llevaba demasiados años ensayando el papel de madre. Con ella tuvo 6 hijos, de los que 4 le sobrevivieron; la mortalidad infantil era moneda de curso legal entonces, algo tan natural que una noche durmieron con el cadáver de su hijo en el interior del baúl de la alcoba, no notificando su muerte –por no molestar a vecinos ni autoridades- hasta la mañana siguiente.

Rufo debió tener un carácter fuerte -el propio de los patriarcas de entonces- condicionado sin duda por la cronicidad de su úlcera gástrica. Un genio que sobrevivió a su paso por el quirófano y que aún podía deducírsele tras la suavidad que acaba imprimiendo el paso de los años. Solo su afición por el porrón de clarete dejaba ver su autentico rostro, el de un bendito, con la llegada de la noche.
A lo largo de media vida fue agricultor minifundista, consiguiendo bordear las fronteras de la pobreza, aunque sin perderla nunca de vista. Los achaques y la creciente dificultad para subirse a lomos de su burra fueron mutando su vocación: acabaría siendo vendedor de “chucherías”... Me invade la ternura al recordarlo sentado junto a su carro, cargado de dulzainas y apostado a la salida de la iglesia, en días de fiestas de guardar.

Cada año y desde hace muy pocos, en agosto, en Jarandilla de la Vera, celebramos la fiesta de “los antiguos oficios”. Alguna vez quise participar honrando su recuerdo, y volviendo a aparcar un carrito de chuches, frente a la escalinata que conduce a la parroquia del pueblo. ¡Abuelo, iba por ti! 
    



ANTIGUOS OFICIOS
Pulsa para ver fotos, o para ver un vídeo.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Que buen relato! Lleno de sensibilidad y ternura....Y que bien recreado el ambiente de la época...Gracias por traer a mi memoria tantos recuerdos!!!