Spinoza fue un filósofo holandés, del siglo XVII. Su familia
era sefardí, concretamente judíos portugueses, que habían huido de la
Inquisición.
Creció en una comunidad próspera, culta y muy cohesionada,
de la que fue excomulgado a los 23 años, por cosas como: cuestionar la
inmortalidad del alma, negar la idea de un dios personal, pensar por su cuenta, etc…
Ese entorno, sin embargo, sería también el que lo
expulsaría.
El herem (la peor de las expulsiones) fue para él un
golpe devastador, aunque también constituyó el verdadero inicio de su libertad
intelectual.
Cuando Spinoza habla de “Dios”, no se refiere al Dios
personal de las religiones abrahámicas. Su Dios no escucha plegarias, no
interviene en la historia, no castiga ni recompensa. En realidad, el Dios de
Spinoza es la totalidad del universo, todo lo que existe, la estructura misma
de la realidad. Es una visión profundamente racionalista y casi poética: lo
divino no está “allá arriba”, sino en la propia trama de la existencia.
Spinoza sostiene que: sólo existe una sustancia: Dios/Naturaleza. Todo lo demás —tú, yo, los planetas, los pensamientos— son modos, manifestaciones de esa única sustancia.
Para Spinoza: Dios no piensa
como un humano. No tiene deseos, planes ni emociones. No actúa “por fines”,
sino por necesidad: todo lo que ocurre, ocurre porque no puede ser de otra
manera… Esto elimina la idea de milagro, la providencia o el castigo divino.
Spinoza es radical cuando habla de libertad: los
humanos no somos libres en el sentido tradicional. Únicamente somos libres
cuando entendemos las causas que nos determinan. La libertad es conocimiento,
no elección arbitraria.
Einstein, por cierto, decía que creía “en el Dios de
Spinoza”, precisamente por esta visión impersonal y ordenada del cosmos.
Nuestro filósofo se ganaba la vida desde la humildad de un humilde pulidor de lentes ópticas, un oficio que le costó la salud, por el polvo de vidrio que acabaría dañando sus pulmones. Vivió siempre con muy poco, salvo de lectura y escritura.
Sus planteamientos pudieron costarle esa
vida en no pocas ocasiones. Y es que vivió en una Europa donde las ideas podían
matarte. Aun así: defendió la libertad de pensamiento, criticó la superstición
y el fanatismo, propuso una democracia avanzada para su época y rechazó honores
y/o cargos que pudieran haber comprometido su independencia.
Por eso, y para evitar riesgos, su obra más importante, “Ética”,
no fue publicada hasta después de su muerte.

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