viernes, 13 de febrero de 2026

El Dios de Spinoza

 


Spinoza fue un filósofo holandés, del siglo XVII. Su familia era sefardí, concretamente judíos portugueses, que habían huido de la Inquisición.

Creció en una comunidad próspera, culta y muy cohesionada, de la que fue excomulgado a los 23 años, por cosas como: cuestionar la inmortalidad del alma, negar la idea de un dios personal, pensar por su cuenta, etc…

Ese entorno, sin embargo, sería también el que lo expulsaría.

El herem (la peor de las expulsiones) fue para él un golpe devastador, aunque también constituyó el verdadero inicio de su libertad intelectual.

Cuando Spinoza habla de “Dios”, no se refiere al Dios personal de las religiones abrahámicas. Su Dios no escucha plegarias, no interviene en la historia, no castiga ni recompensa. En realidad, el Dios de Spinoza es la totalidad del universo, todo lo que existe, la estructura misma de la realidad. Es una visión profundamente racionalista y casi poética: lo divino no está “allá arriba”, sino en la propia trama de la existencia.

Spinoza sostiene que: sólo existe una sustancia: Dios/Naturaleza. Todo lo demás —tú, yo, los planetas, los pensamientos— son modos, manifestaciones de esa única sustancia. 

Para Spinoza: Dios no piensa como un humano. No tiene deseos, planes ni emociones. No actúa “por fines”, sino por necesidad: todo lo que ocurre, ocurre porque no puede ser de otra manera… Esto elimina la idea de milagro, la providencia o el castigo divino.

Spinoza es radical cuando habla de libertad: los humanos no somos libres en el sentido tradicional. Únicamente somos libres cuando entendemos las causas que nos determinan. La libertad es conocimiento, no elección arbitraria.

Einstein, por cierto, decía que creía “en el Dios de Spinoza”, precisamente por esta visión impersonal y ordenada del cosmos.

Nuestro filósofo se ganaba la vida desde la humildad de un humilde pulidor de lentes ópticas, un oficio que le costó la salud, por el polvo de vidrio que acabaría dañando sus pulmones. Vivió siempre con muy poco, salvo de lectura y escritura. 

Sus planteamientos pudieron costarle esa vida en no pocas ocasiones. Y es que vivió en una Europa donde las ideas podían matarte. Aun así: defendió la libertad de pensamiento, criticó la superstición y el fanatismo, propuso una democracia avanzada para su época y rechazó honores y/o cargos que pudieran haber comprometido su independencia.

Por eso, y para evitar riesgos, su obra más importante, “Ética”, no fue publicada hasta después de su muerte.

 


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