Si la curiosidad os llevase a preguntaros acerca de cual sería la ciudad más bonita y turística de Suiza, verían, como yo lo vi hace poco, que Lucerna ocupa ese lugar de privilegio.
Si siguiesen indagando y se preguntasen acerca de cual es el monumento más visitado del país helvético, comprobarían que se trata del "León de Lucerna".
Entenderán que poco después de haberme interesado por estas cuestiones, cogiese el coche y me acercase a comprobarlo: os hablo, no ya la belleza de Lucerna, que me resultaba conocida, pero sí de la magnificencia del monumento.
Para entender además el impulso, deben comenzar sabiendo que me encontraba en Basilea, otra ciudad suiza, a menos de una hora del felino.
¿Y qué narices es el León de Lucerna?. Se trata de una escultura que fue diseñada a principios del siglo XIX por el escultor danés Bertel Thorvaldsen, en una escarpada pared de roca de la ciudad suiza de Lucerna, con el fin de conmemorar la muerte en 1792, de unos 700 mercenarios de la Guardia Suiza, durante la Revolución francesa, cuando defendían a los reyes del asalto de los revolucionarios.
Hace siglos, la bravura de los soldados suizos era mítica, por lo que resultaba habitual que fuesen contratados por distintas monarquías europeas: sirva recordar, para entenderlo, que aún queda un estado en el que, sin ser suizos, quienes mantienen el orden y cuidan de su seguridad son soldados suizos. Y sí, acertaron Uds., me estoy refiriendo al Vaticano.
Cuando los franceses, iniciando su revolución con la Toma de la Bastilla en 1789, hubieron de sortear a unos soldados suizos. También y poco después, para derrocar a sus reyes, Louis XVI y María Antonieta, hubieron de tomar el palacio de las Tuilerías, lugar en el que hoy se ubica el museo del Louvre, y que por aquél entonces también guardaban mercenarios suizos.
Por tanto, el León de Lucerna pretende ser, para los paisanos de Guillermo Tell, un recuerdo de la bravura de unos soldados que, visto desde un prisma menos patriótico, el mío, defendían el absolutismo frente a la voluntad y soberanía de un pueblo hambriento, y todo a cambio de un estipendio.
Parte de la calidad de vida alcanzada por este país centroeuropeo, una de las más altas del mundo, se la deben a cosas similares: recordemos que sus bancos no siempre acogieron el dinero proveniente de fuentes ni de manos limpias.
De cualquier modo la historia siempre, o casi, podría resumirse así: las más de las veces, la magnificencia de los estados se consiguió desde la falta de escrúpulos y de nobleza.
Cuando visito alguna obra humana digna de interés turístico, suelo acabar recordando tales planteamientos: me ocurrió hace poco, con ocasión de mi viaje a Egipto, y me ocurre siempre que visito algún monumento, palacio, catedral, etc.... Nunca entonces dejo de pensar en el sufrimiento y los caídos, que costó levantar que vinimos a admirar.
