viernes, 13 de agosto de 2010

Berlín tras la caída




La foto más afortunada del muro de Berlín quizá sea la de su inexistencia, y esto es lo que trato de ilustraros con la que adjunto, que hice hace algunos años ya, en el momento de su retirada.

La zanja que podéis ver corresponde a los tramos más simbólicos de esta frontera maldita: a pocos metros de la puerta de Brandemburgo.

En cuanto a lo que experimenté allí, ¿qué deciros?... Pocas ciudades transmiten tantos sentimientos, tantas emociones... Berlín es -y lo será durante mucho tiempo, aunque nos empeñemos en retirar hasta los cimientos de este pasado reciente- una página viva de nuestra historia contemporánea.

Un lugar que evoca tantas y tantas cosas: dos guerras mundiales, un genocidio, una larga guerra fría, miles de dramas familiares y personales... Y en esta instantánea se intenta arrancarlas todas, desde la raíz de nuestra memoria colectiva....




Durante muchos años, tras la caída del Muro (Mauer), pudieron verse imágenes como ésta: instantáneas en las que el contraste se erigía como el principal protagonista que destacaba sobre un fondo que había dejado de ser ciudad para convertirse, por la concentración y la magnitud de las obras, en algo más parecido a una cantera o a un campo de trabajo. 

Los frescos y renovadores vientos de nuestras sociedades consumistas volvían a soplar en la pésimamente llamada República Democrática. Tras 40 años en silencio, acumulando polvo, telas de araña y alguna que otra carcoma, el reloj del tiempo volvía a ponerse en hora en Berlín Oriental.




Puestos a buscar las fuentes últimas que justificaron este siete, en el tejido de nuestra historia, y por encima de las acentuadas discrepancias ideológicas, que sin duda existieron en la raíz del problema, encontraríamos intolerancia e intransigencia, los detonantes de la mayoría de nuestras confrontaciones.

Aquellas intolerancia e intransigencia alcanzaron su máxima expresión en la Alemania nazi y, ahondando en el detalle, en sus campos de exterminio. En la foto que precede a estas líneas podemos ver la puerta de entrada al Campo de Concentración de Sachsenhausen, en Oranienburg, muy cerca de Berlín. Fue el primero de la que, aun en el supuesto de que no se hubieran construido más, siempre sería una lista desproporcionada.

En todos sus accesos la hipocresía se hacía lema: "Arbeit Macht Frei" (El trabajo te hace libre), una frase que sólo acabas entendiendo tras visitar las ruinas de sus hornos crematorios: morir, aún de la forma más horrible, suponía la liberación de estas pobres víctimas que escapaban -por fin- del yugo de tan miserables verdugos. 






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